De trenes europeos, bombones asesinos y viandas

Estoy en un tren saliendo de Bruselas a Londres. Mi amiga Marianita me vino a visitar a Bélgica y decidimos pasear un rato. Es la primera vez que Mariana toma un tren internacional en Europa. Ella ya no se espanta de mis excentricidades y no le causa más que una gracia que bien puede contener el hecho de que yo saque de la cartera un sandwich de salmón ahumado y una mini botellita de champagne rosado a las 10 de la mañana. Con el cambio de horario llegamos a las 11 a Londres, después de 2 horas de viaje en tren. El Eurostar es bastante cómodo, logramos sentarnos en los asientos con mesas súper espaciosas que, para nuestro beneplácito, estaban vacías. Por su puesto, ya habíamos planeado que si llegaban los ocupantes legítimos les íbamos a discutir a muerte que esos asientos eran nuestros, aunque nos mostraran un ticket con el número. Es que a los europeos no les agrada mucho el conflicto y los argentinos somos adictos al caos. Teníamos pensado discutir en voz alta en español, para que – sumado a las muecas de absoluta certeza de que los equivocados eran los otros -, el idioma foráneo los asustara más aun y los llevara a darse por vencidos mucho antes. Pero no pasó. Nunca vino nadie a reclamarnos los asientos. Y cuando llegó la hora del cierre de las puertas al tren, Mariana respiró aliviada, pero yo no le creí el alivio. Para mí que estaba deseando, aunque no lo admitiera, ver en acción mi caradurez argentina y, de paso, sumarse al caos. Nos sorprendió que, puertas cerradas y todo, llegara una chica con un tapado blanco y negro, muy bonita, bien vestida, con el labial prolijo y todo, y se sentara al lado de ella. La cara de ofuscación que habrá puesto Mariana que la chica le dijo, en un inglés bastante trabado, que ese era su asiento, y hasta le mostró el boleto. Mariana le tiró una de las pocas frases que sabe en inglés, it’s okay, pero con una tremenda cara de culo con sonrisa forzada de yapa. Casi escupo el primer trago de mi champagne rosado. La chica en cuestión se sentó al lado de Mariana, con una incomodidad bastante evidente, y se puso a hablar por teléfono en francés. Me di cuenta enseguida que el francés no era su lengua materna, porque intentaba arrastrar las erres al mejor estilo Cortázar pero no le salía. Segunda vez que casi escupo el champagne, mientras devoraba mi sánguche de salmón ahumado y la chica sacaba de su cartera de alta gama un tupper con yogur y una bolsita ziploc con cereales. – Mucha marca la cartera, mucha pilcha, mucho Eurostar de Bruselas a Londres, pero la flaca se trae la vianda en una bolsa – comentó Mariana en voz más que alta, que como estaba escuchando música con los auriculares no se dio cuenta que la escuchó todo el vagón número seis del tren. Tercera vez que casi escupo el champagne rosado. Es que era imposible tomar un trago sin tentarme. Siempre pasan cosas estrambóticas en un tren, en cualquier tren, pero la gente está absorbida pensando en pajaritos o haciendo pelotudeces para no pensar, en lugar de mirar para los costados y percatarse de que somos testigos y protagonistas del circo humano más entretenido y patético del mundo. Yo me hacía la que trabajaba – en teoría tenía que trabajar, pero el Wi-Fi del tren es medio pedorro y en Europa hay mucho túnel y mucha zona muerta y la internet se cae – pero en realidad estaba escribiendo esto, tomando notas de las cosas que veía a mi alrededor, en realidad tomando nota de ella, de la marca de su cartera, de su granola y su yogurt de tupper y bolsita, de su francés trucho y de los dos libros que había puesto sobre la mesa. Uno era grandote, con bocha de páginas, de esos que uno ve y dice: uy, esta persona debe ser re lectora para fumarse semejante libraco. Pero en la tapa había una ilustración de un hombre sin camisa y una mujer con lágrimas en los ojos, el título estaba en francés, llegué a leer la palabra “amour” y caí en la triste realidad de que la flaca estaba leyendo una versión moderna de un Corín Tellado. Le hubiera perdonado el yogurt en el tupper y los cereales en la bolsa si hubiera estado leyendo Lovecraft, Simone de Beauvoir o alguna biografía de María Antonieta. Pero la copia de la copia de la copia de la copia de Cumbres Borrascosas y en la modernidad de los amantes vía Tinder era imperdonable. Todavía me daba mucha curiosidad el librito blanco y súper pequeño que llevaba encima del Corín Tellado. Fue el que abrió primero, y entre cucharada y cucharada de yogurt con cereales made in la cocina de tu casa, se la veía hacer una fonomímica que, después de ojearle la tapa al librito, concluí que era un rezo. Como lingüista, puedo reconocer visualmente la mayoría de los idiomas, y ese conglomerado de seudo-jeroglíficos prolijamente ordenados en línea recta no podía ser más que hebreo. Cuando dejó de rezar y comer yogurt, la chica agarró el libraco romántico y se puso a leer. Yo agarré el libro de numerología que había traído Mariana y lo empecé a leer. No porque me interese la numerología, sino porque si seguía tipeando sin parar durante las dos horas del trayecto entre Bruselas y Londres, alguien me iba a terminar puteando. Ella, cada dos por tres levantaba la vista y me miraba. No sé si fue porque se dio cuenta que yo la observaba como si fuera mi conejillo de indias literario – que lo era, claramente – o porque ella encontraba igualmente descabellado mi frenético tipeo combinado con la lectura de un libro de numerología y los sonoros sorbos de champagne rosado a las 10 de la mañana. A la mitad del trayecto, por algún lugar de Francia, mientras Mariana, que se había puesto los anteojos de sol y los auriculares y entre ronquidos mínimos tarareaba Soda Stéreo y Los Palmeras, la chica tomó su celular y comenzó a escribir. Meta y meta escribir. Normalmente suelo barajar hipótesis sobre lo que están haciendo los demás, pero en este caso no había dudas: la israelita fanática de las novelas románticas estaba escribiendo la historia de una argentina loca que, en un tren de Bruselas a Londres, escribía un tratado sobre numerología aplicada mientras se emborrachaba con champagne a las diez de la mañana.