Ámsterdam había sido un absoluto fiasco. La zona roja nos había decepcionado terriblemente a Marianita y a mí, que a pesar de ser dos mujeres heterosexuales sin fetiches extravagantes queríamos ver tetas. O algo. Los folletos turísticos nos habían prometido lo prohibido, interminables vidrieras con mujeres de alquiler, el paraíso rojo, el shopping sexual. En cambio, nos había dado alguna que otra muchacha con terrible cara de tedio, mirándose las uñas y hablando por celular, con atuendos menos atrevidos que los que se pone Mariana cuando quiere guerra. La casa de Ana Frank estaba en remodelación y la fachada estaba completamente cubierta por una lona. Marianita es claustrofóbica y no había leído el libro, por lo que la visita fue también un fiasco y terminó con la frase: “Es igual a la casa de mi tía Ofelia en un conventillo de La Boca pero con menos colorinche”. Mi amiga ya tenía un poco infladas las guindas con el tema del idioma. La gente le hablaba en neerlandés y ella respondía “Estrujen Bajen” con una entonación bastante germana. Para los que no están al tanto – admito que yo misma tuve que buscarlo, porque no me sonaba -, hay un chiste que dice algo como: – ¿Cómo se dice “colectivo” en alemán? -. Y la respuesta es: “Suban Estrujen Bajen”, que es básicamente la consigna obligada de todos los que alguna vez nos hemos tomado un micro o colectivo en provincia de Buenos Aires. La cosa es que mi compañera de viaje estaba bastante podrida de no cazar un fulbo y se me ocurrió hacer un paseo en catamarán con guía en español. La guía, por supuesto, eran una gallega y un gallego. Aclaro que no eran españoles de Galicia, sino que españoles de no sé dónde, pero en Argentina a todos los españoles les decimos gallegos. En fin, eran una gallega y un gallego repitiendo casi constantemente las mismas cosas a través de unos auriculares de plástico bien berretas que se te caían cada dos por tres. Y digo que repetían porque el viaje en catamarán por Amsterdam es cinco minutos de novedad y los otros cuarenta de repetición al mejor estilo copia tipo papel carbónico: agua, puentecito, edificios finitos con techito a dos aguas. Agua, puentecito, edificios finitos con techito a dos aguas. Mariana se mataba de risa de cómo pronunciaban los gallegos y de las cosas que decían, y lo repetía en voz alta mirándome y haciendo muecas al hablar. Bajamos del catamarán y le ofrecí a la flaca que tomáramos un café por ahí. Me hice bien la sota y le sugerí que preguntara a alguien con cara de local, en inglés, dónde había una cafetería. Mariana, que pasó de tener ataques de pánico en los controles de equipaje y de pasaporte en los aeropuertos a perder un vuelo y solucionarlo en dos horas con poco inglés, mucho ademán y la combinación perfecta entre sonrisa y cara de culo, no se achicó ante mi sugerencia y paró a un tipo en el medio de la Kerkstraat y le tiró un: One pregunt. Coffee? El hombre le señaló en dirección al Este y sonrió. Mariana alzó la vista, vio la palabra coffee en un local en frente, sonrió y me dijo: ¿Ves, gorda boluda, que no es necesario ser bilingüe como vos para manejarse por el mundo?. Yo, por supuesto, asentí con la cabeza y la seguí. Desde el primer día en Amsterdam que la venía jorobando para que fumáramos un señor porro en la ciudad canábica por excelencia, y ella me decía constantemente que no, que no se animaba, que tenía miedo de que le pegara mal. Además, le daba vergüenza entrar a uno de esos porródromos, como los bautizó ella, convencida de que todo el mundo que la viera entrar la señalaría con el dedo al grito de “argentina cabeza de cogollo”. O que Cacho y Mirta, los padres de Mariana, se enteraran de que su hija se había endrogado en Amsterdam y le perdieran toda estima. Qué se yo. La cosa es que, convencida de que el coffee shop era una cafetería, la tipa se mandó, se sentó en una mesa y se puso a rememorar las frases bobas de los gallegos de la guía del paseo en catamarán. Para cuando se avivó, yo ya había comprado un precioso ejemplar de amnesia haze y no le quedó más que bajar la guardia y pitar en paz. Con Mariana súper volada – que en realidad no había fumado casi nada pero los que no fuman, prueban y ya se sienten como si tuvieran dos pepas adentro – es que tomamos el tren a Amberes. Yo me pasé todo el viaje escribiendo. Ella se pasó todo el viaje sacándose selfies con filtros ridículos y muerta de risa. Días más tarde me puse a releer lo que había escrito y entre cosas rescatables aparecían notas del estilo “Mariana es un perro”, “Mariana es astronauta” o “Mariana es Papá Noel”. Cuando llegamos a Amberes, sugerí sentarnos a comer algo por ahí antes de que cierre todo. La flaca evidentemente tenía otros planes y se puso a caminar rapidito, encarando la calle como si conociera la ciudad. Propuso que fuéramos para el lado donde estaban esas luces tan bonitas y arrancamos. No habremos hecho cinco minutos que Marianita se frenó, señaló un paifang bastante grande y dijo: Nos quedamos acá, en la China. Ella miraba la entrada al barrio chino de Amberes como si fuera una nena de 6 años visitando Disney por primera vez. Debo reconocer que la decoración era impactante. Interminables guirnaldas con cientos de bolas rojas de papel crepe con luces, de lado a lado de la calle, un espectáculo. Mucha gente, mucho turista y mucho, mucho olor a comida, que normalmente sería desagradable pero esta servidora venía arrastrando un hambre importante desde Amsterdam, y yo soy de las que si pasan hambre por demasiado tiempo, se ponen fastidiosas e intratables. Pero había fumado, así que estaba famélica pero pacífica, y ver a Marianita sonriendo como una chiquilina y sacándole fotos hasta a las sillas me mantenía de buen humor. Pero tenía hambre, así que le sugerí que buscara un lugar que le pareciera piola para sentarnos a comer. De repente desapareció de mi vista; pensé que la había perdido entre el tumulto de gente y empecé a desesperarme. Caminé media cuadra y la encontré, parada frente de una vidriera con una cara entre asombro y confusión. Mariana miraba fijamente la serie de cinco o seis fierros de espiedo horizontales que cubrían toda la vidriera, con entre ocho y diez bichos colgando en cada uno de los fierros. Los bichos parecían estar ensartados por la cabeza, que estaba toda retorcida, y caía el cuerpo inerte que terminaba en una cola bastante larga. Mariana, con el acento español que se le había pegado de la guía en el catamarán de Amsterdam, me miró con los ojos como el dos de oro y me dijo: “Hija, que eso no es un poio”. Y empezó a monologuear, espantada, ya sin el acento gallego, salvo cada vez que pronunciaba la palabra “pollo”. “Ay, gorda, por el amor de Dios y los santos evangelios, ¿qué es ese bicho?. A ver, no es un poio, porque los poios no tienen la cola tan larga. ¿O sí? ¿Vos alguna vez viste un poio con la cola tan larga? ¿Y esa cabeza? ¡Boluda, es una serpiente!. ¡Mirá! Vos capaz no te das cuenta porque está enroscada en el espiedo, pero si lo mirás de cerca te das cuenta. ¡Es un poio con cabeza de serpiente, boluda! ¿Alguna vez viste algo así? ¿Los traerán de China? Qué espanto, la puta madre. ¿Son los chinos los que comen gatos? Cuando Marianita paró para respirar, le metí uno de los chupetines pico dulce que ella me había traído de Argentina en la boca para que, con algo dulce, se le fuera pasando paulatinamente el efecto de la amnesia haze. La agarré de la mano, nos sentamos en una mesita del restaurante, y mientras ella seguía monologueando, yo pedí dos cocas con azúcar y una porción para compartir de pato a la pequinesa con papas fritas. Mariana estaba tan enfrascada en sus hipótesis sobre la procedencia de ese bicho híbrido en la vidriera que comió sin preguntar. Nunca se avivó de que estaba comiendo serpenpoio a la belga.
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