Nunca quise vivir en Europa. Es decir, nunca fue un objetivo en mi vida, como el de muchos argentinos. Será porque mi vida en argentina siempre fue relativamente buena, estable, tranquila. Qué se yo. Si en algún momento la cosa se puso peluda yo no me di cuenta. Siempre fui medio caída del catre y siempre viví en Berisso, una especie de oasis en la provincia de Buenos Aires donde lo malo llega con delay y en cuotas, o al menos eso creemos los berissenses, o a menos eso queremos creer. Recuerdo muchos contemporáneos míos buscando incansablemente en sus árboles genealógicos algún indicio de europeidad heredada que les permitiera emigrar al viejo continente sin demasiado despelote ni riesgo. Mis abuelos, por parte de madre, eran sirios. Y por parte de padre, argentinos. Bisabuelos lo mismo. Tatarabuelos, lo mismo. Cero posibilidades de cuidadanía europea para mí. Al cabo que ni quería. Por eso, mudarme finalmente a Europa nunca tuvo ese gustito a triunfo, ese sabor a victoria. Hasta me animaría a decir que todo lo contrario.
Con los años logré reconocer varios tipos de argentos expatriados. Los “buscavidas”, que se van antes de los 30 a ver qué onda, cansados de tirar currículum para puestos de gerencia y que no los llamen, normalmente están ilegales unos años y casi siempre se van a España porque les da mucha fiaca aprender otro idioma, trabajan en verdulerías, fotocopiadoras o bares, trabajos que en su puta vida hubieran hecho en Argentina pero ahora cobran en euros y al cambio se siente ricos, pasan años sin volver a su patria y cuando llaman por teléfono o Skype se hacen los españoles con un exceso innecesario de zetas en el habla y repitiendo molestamente palabras como “vale”, “tío” y “joder”. Los “desesperados”, que rajan a partir de los 40, hartos de romperse el lomo y no poder terminar esa urgente tercera habitación en la casa para el hijo adolescente que se agarra a las piñas día por medio con la hermana, también adolescente, porque duermen juntos y el olor a bola y la planchita de pelo no se mezclan. Los desesperados venden todo: la casa, el auto, la motito del pibe, la bici de la piba, los electrodomésticos, el perro de raza, todo. Lo que juntan les alcanza para todos los pasajes y unos seis meses para morfar y alquilar un departamento minúsculo donde se mezclan el olor a bola, la planchita de pelo y el frustrado sueño de privacidad. Este tipo de expatriados se trabajan todo, llaman seguido a familiares y amigos, viven con el mate debajo del brazo, miran TN a la mañana por Internet, aunque por la diferencia horaria se tengan que comer los programas de la madrugada que son un bodrio, y cada vez que escuchan el himno, lloran. Los hijos, en cambio, arrancan la escuela y en dos meses ya son locales. Después están los “desencajados”. Este tipo de expatriado argento termina en Europa sin querer. O sin querer queriendo. Son normalmente ingenieros, bioquímicos, médicos o cosas así, que se van a préstamo por tiempo definido y con plazos renovables, los mueven empresas o instituciones como piezas de backgammon y normalmente les da lo mismo Estocolmo, Berlín o Madrid. Aprenden el idioma a las patadas pero no les importa porque saben que cuando quieren, se vuelven. Y si no quieren volver, se quedan. Pero es que nunca se han ido del todo. Hay desarraigo pero no es mucho. Yo creo que soy un híbrido entre estos tipos de expatriados argentos, o tal vez un nuevo tipo, qué se yo. Me vine a Europa traída por un belga que me tarareó “Libertango” y me conquistó, caí en una familia que adoptó mi amor por el Malbec a cambio de que yo aprendiera el arte de la puntualidad, negociamos bastante, cedemos otro tanto, ya puteo en neerlandés con total naturalidad mientras pongo la pava de acero inoxidable en un anafe eléctrico deseando que fuera fuego verdadero, sigo llorando con el himno argentino pero reciclo y jamás paso un semáforo en rojo. Mi mayor miedo es que a medida que pasen los años, mi país cambie tanto que ya no me quede mucho con qué identificarme. O yo me acostumbre a llegar a horario, a reciclar como dios manda, a hablar en voz baja y, finalmente, a dar tres besos al saludar en lugar de abrazar, y ya no sepa o no recuerde cómo ser argentina.
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