Yo no me quiero casar. ¿Y usted?

Cuando les dije a mis viejos a los 29 años que me iba a la India por un año a trabajar casi se infartan. Es que pensaron que había superado la etapa de locura porque yo misma les había servido en bandeja una normalidad tan pero tan creíble que hasta a mí me parecía estar, de a ratos, sentando cabeza. Es que al terminar el secundario les dije que quería ser actriz. Se me cagaron de risa. Primero porque no tenía más experiencia actoral que el Teatro Popular Berisso, un enjambre de locos lindos que nos juntábamos a leer obras de Arthur Miller, terminábamos haciendo obras de Griselda Gambaro, venían 40 personas a vernos con una entrada a dos pesos – mayormente padres y abuelas, que entraban gratis porque estaban en la lista y tenían coronita – y nos sentíamos en Broadway. En segundo lugar, porque no tenía nada de talento actoral y siempre me daban papeles de madre, de embarazada o de vieja porque era gordita y en los 90s si no eras un palo de escoba vestido no tenías posibilidades de triunfar. Y en tercer lugar, porque siempre me había gustado la plata y sabían que no duraría mucho en algo ad honorem. Cuando caí en cuentas de que la actuación no era lo mío – años más tarde y taller teatral con Lito Cruz en Buenos Aires de por medio – decidí que quería ser escritora. Me fue bastante bien. Para no matar a mis padres de manera demasiado temprana, arranqué la facultad al mismo tiempo. Y empecé a dar clases de inglés para ganarme mis mangos. Quería ser escritora pero no pobre. Me pasé un par de años imprimiendo y fotocopiando por triplicado, cuadriplicado y hasta quintuplicado cuentos y poesías para enviar a concursos. Gané un par. La mayoría en España. Hasta me pagaron por lo que escribía. Mi viejo decía que los españoles me premiaban y me pagaban porque eran todos unos gallegos brutos. Lo decía en joda, pero para mí que lo pensaba en serio. Igual nunca leyó nada mío porque decía que yo escribía complicado. Como casi toda mi producción poética estaba inspirada por las lecturas de la Pizarnik, Susana Thénon, Sylvia Plath, la Ocampo y esas yerbas, mi vieja leyó cinco versos y, con el evidente temor de que yo terminara lesbiana o suicida, me suplicó que no dejara la carrera.
Llevé al día por años la licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales, tenía un novio del interior que estudiaba medicina y se quería casar y hasta había cambiado las clases particulares de inglés por un trabajo normal en la Gerencia de Asuntos Regulatorios de una empresa grosa de energía eléctrica. Cuando me percaté de que iba en camino a ser politóloga, la señora del doctor tanto y una empleada careta y bien vestida que almorzaba afuera todos los mediodías con la cúpula ejecutiva de una empresa me agarró la psitacosis. Entré en pánico. Ya había intentado en alguna oportunidad sincerarme con Graciela, mi vieja, diciéndole que mi sueño dorado no era, como el de ella, casarme y tener hijos. Me dijo «Ay, Mara, que no te escuche nadie decir semejante barbaridad». Ahí supe que el día que me inflara los huevos que no tengo y me decidiera a vivir la vida que yo quería, habría grandes posibilidades de que quedara huérfana. Por eso lo hice en cómodas cuotas. Una bomba atómica a la vez. Destrucción parcial. Primero terminé mi relación con el doctor, lo que fue un gran golpe para mis viejos, que tenían todas las fichas puestas en el pibe porque nunca me habían visto tan normal. Tuve que fumarme por meses a mis viejos enumerando con una paciencia envidiable todas las virtudes de Sebastián y como separarme de él era un tremendo error. Ya ni me acuerdo cómo les justifiqué la ruptura, pero seguramente no les dije la verdad. Sebastián quería formar una familia y yo quería formar fila en Ezeiza para despachar mi valija con destino al aeropuerto Charles De Gaulle. Mis viejos no entendían mi fascinación por la literatura, por París, por la vida bohemia, siendo que me habían educado para ser abogada, buena piba, obediente y católica, casarme joven, tener dos o tres pibes y mudarme al lado de la casa de mis viejos para que me los crien. Ah, y peronista. Eso también era parte de la crianza. La segunda cuota del plan hacia la orfandad fue renunciar a la empresa careta y decidirme a trabajar como traductora independiente. El amor por la literatura me había llevado a estudiar varios idiomas, y para los 25 ya hablaba inglés, francés e italiano. Había pasado de ser futura politóloga, asistente de gerencia de asuntos regulatorios y novia oficial de un futuro médico a traductora independiente y soltera con tres cuartos de carrera adentro pero con más posibilidades de terminar de ñoqui en la municipalidad de Berisso, mi cuidad natal, que en el servicio exterior de la nación. Ahí supe que la tercera bomba caería en cualquier momento.
Era la última, o al menos eso creíamos. Habían sobrevivido a la ruptura con Sebastián, a la renuncia a la empresa cheta, pero todavía quedaba el último apretujón al corazón de mis pobres padres: dejar la facultad para dedicarme a otra cosa. Analicé por meses la situación. No quería matar a mis viejos, pero iba por ese camino. Para todo esto, yo ya trabajaba para un chabón hindú haciendo traducciones al español en pijama y pantuflas, desde mi casa, tomando mate y me pagaba en dólares. Laburaba de noche, por la diferencia horaria, dormida de día, a mis viejos mucho no les gustaba, hubieran preferido claramente que tuviera un trabajo normal, pero al menos no les pedía plata para pagar el gas. Nunca dejé la literatura. Seguía leyendo y escribiendo bastante pero como no garpaba, me dediqué a traducir lo que escribían otros. Un buen día Vikram, el hindú, me ofreció ir a trabajar con él y su mujer a Bangalore, como directora de una escuela de idiomas que tenían. Contrato de un año, 500 dólares a mes, viviendo en la casa de ellos y compartiendo habitación con su hija de 6 años. No digo que era la propuesta de mis sueños, pero yo venía hace rato con ganas de viajar y sin un mango para concretarlo, así que le dije que sí sin pensarlo. En ese momento comencé a imaginar cómo sería mi vida futura sabiendo que pasaría varios meses viviendo con una familia hindú, comiendo curry hasta el hartazgo y lidiando con la culpa de haber asesinado con decisiones desacertadas a mis padres.
Cuando les dije a mis viejos a los 29 años que me iba a la India por un año a trabajar casi se infartan. Casi, pero no. Sobrevivieron los dos. Ambos con secuelas, claro está. Lo que ellos no sabían en ese momento – y por eso es que creo que sobrevivieron – era que las cuotas de mis bombas atómicas no eran 3, sino 24. Y con flor de interés.





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