Menta granizada

Mirá que hay cosas que riman con «iso» y su distintas variantes fonéticas. Granizo, petiso, sumiso, fideicomiso, indiviso, qué sé yo. Hay un montón. Pero al parecer, la década del 90 en Berisso no fue necesariamente la cuna de la poesía popular y los cantitos eran del estilo «Soy de Berisso y me la piso» o «Asado, chorizo, llegamos a Berisso». Después había otras variantes, que ya ni siquiera rimaban y carecían de toda verdad, como «Berisso, la capital del chorizo, donde las mujeres tienen hijos y no saben de quién son». En primer lugar, Berisso es la capital provincial de inmigrante. La capital del chorizo puede ser Toluca, en México, o León, en España. Pero no es Berisso. Segundo, las berissenses no somos todas trolas. Algunas sí, pero ¿quién puede culparnos? En una cuidad chica, con aires de pueblo con tres bares y un cine que abre una vez al año para las vacaciones de invierno y en la segunda década del siglo XXI todavía pasan «Ico, el caballito valiente» o «las aventuras de Chatrán». En Berisso, si una mujer hace una desgustación normal de hombres en un lapso de siete a diez años, al final termina acostándose con casi una cuarta parte de la población masculina del pueblo y es técnicamente una trola, cuando en la gran ciudad es simplemente una mujer soltera buscando novio, es matemática pura. Pero es que una no pide helado de mango con frutillas y pistacchio sin probarlo. O le pedís al heladero una probadita o vas directamente a la segura, al dulce de leche, que está bueno pero ya te tiene medio podrida y no te querés ensartar con algo nuevo sin saber qué gusto tiene. Con los tipos pasa lo mismo. Yo, personalmente, era bastante virga de chica y me abstuve del helado por voluntad propia. Siempre fui gordita pero con la autoestima por el techo y estaba ocupada todo el tiempo con cosas importantes. Leía Rimbaud y estudiaba piano pero no era del todo ñoña, estaba en el equipo de natación del Hogar Social de Berisso pero no era del todo deportista. No era ni una cosa ni la otra, ni muy muy ni tan tan, pero me gustaba el ámbito académico de la música y, en contrapartida, estar rodeada de muchachos musculosos con minúsculas mallas de lycra que dejaban muy poco a la imaginación. Pero no tenía tiempo de probar el helado de mango, que en ese entonces estaba bastante verde. Ni el de dulce de leche, que por ese entonces lo tomaban todas las demás. Por eso no gustaba de nadie. Para los 18 años, casi todas mis compañeras del colegio, de natación o de la Escuela de Arte tenían novio, el que habían elegido después de haber pasado unos años probando nuevos y diferentes gustos de helado. Algunas se engolosinaban y la probadita del mango con frutillas y pistacchio terminaban siendo un cuarto kilo cada dos por tres, aunque la mayoría siempre volvía al dulce de leche. Las más osadas esperaban un poco más y probaban los chocolates con almendras de la cuidad de La Plata, más careta y a otro nivel. En realidad, el helado tenía el mismo gusto pero es típico de piojo resucitado irse a la gran cuidad porque el pueblo te queda chico solamente para tomar el mismo helado y pagarlo el doble. Pero esos 8 míseros kilómetros hacían toda la diferencia. Como si 8 kilómetros te hiciera menos puta, o al menos igual de puta pero con nivel. Una pavada.
Yo, repito, siempre fui bastante virga y no comí helado hasta que me enamoré durante el viaje de egresados a Bariloche de un estudiante del Highlands College de Vicente López, el único becado y pobre de toda la manga de chetos de colegio bilingüe, un flaquito pelilargo y timidón que iba a estudiar matemática aplicada en la UBA, hacía karate y era fanático de los Beatles. Lo conocí en Cerebro, uno de los boliches de Bariloche, y se destacaba entre el tumulto de borrachos que saltaba desprolijamente al son de un tema de King África por estar parado solo en un rincón, tomando una Fanta y con una remera estampada con la tapa del disco «A hard day’s night». Nos pusimos de novios y duramos año y medio. Creo que con Alejandro le agarré el gustito al viajar. Es que ir desde Berisso a cualquier parte es todo un tema. Y en los 90 estaba todo lejos. Bien lejos. Si hubiera conocido a Alejandro 20 años más tarde, toda la mística del amor a larga distancia se iba al tacho. 45 minutos por autopista y chau. Pero era 1997 y desde mi casa en la avenida Montevideo esquina 25 de mayo me tomaba el 202 hasta la terminal de trenes de La Plata, media horita. De ahí, el Roca a Constitución, una hora y treinta y cinco minutos de traqueteo, olor a pis, vendedores ambulantes de lapiceras, pañuelitos descartables y turrones de maní, y algún que otro eventual chorro que después de varios viajes uno ya los tenía calados. Y todo esto sin celular para ir jugando al Candy Crush o chusmeando Instagram, sin música porque el privilegiado que tenía walkman o discman no lo llevaba a la vista en el Roca ni por casualidad, en definitiva, era leer o mirar por la ventana. Yo elegía siempre leer.
De ahí, la línea C del subte de Constitución a Retiro, unos 15 minutos, de Retiro a la estación Mitre en Olivos, otra media horita, y de ahí caminaba unas 8 cuadras hasta Maipú e Irigoyen. Tres horas de ida y tres horas de vuelta para poder tomar helado sin problemas ni culpa. Porque nos turnábamos con Alejandro: un fin de semana iba a yo, el siguiente venía él. En Montevideo y 25 de mayo, la heladería estaba cerrada con llave, doble candado, triple pasador y con dos perros pitbull rabiosos del otro lado, listos para atacar a cualquier descarado que osara ofrecerle una probadita de helado a la nena, sin importar de qué gusto fuera.
Yo tenía catre debajo de mi cama en mi habitación, y el colchón del catre iba a parar a la habitación de mis viejos cada vez que Alejandro venía a quedarse a pasar el fin de semana en Berisso.
En Vicente López, en cambio, la heladería no tenía cerrojos ni perros en la puerta pero la inauguración se demoró bastante. Yo estaba impaciente pero al mismo tiempo tenía mucha incertidumbre. Sabía que no quería dulce de leche pero el mango con frutillas y pistacchio tampoco me tentaba demasiado. Fue en Maipú e Irigoyen, una tarde julio de 1998, que tuve finalmente mi tan anhelada probadita y descubrí, con enorme satisfacción, cuánto me gustaba la menta granizada.





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